BLOG LITERARIO - EL OJO DEL DEPREDADOR

El ojo del depredador - Matthew J. Pallamary

jaguar negro

Ficha técnica

 Título: El ojo del depredador

 

Autor: Matthew J. Pallamary

Traducción: Rosina Iglesias

Editorial: Mystic Ink Publishing

Nº de páginas: 222

Precio libro electrónico: 2,99 €

Precio tapa blanda: 9,93 €

 

 


hombre-lobo

SINOPSIS

Erik Simpson es un joven zoólogo destacado en su campo que no recuerda nada de su vida hasta los dieciséis años. Educado por su padre de acogida, un hombre entrado en años y zoólogo reputado en todo el mundo, Erik asombra a sus colegas por su comprensión del comportamiento animal. Cuando se aproxima a sus treinta años, Erik tiene un sueño recurrente en el que va dando tumbos por la selva amazónica, huyendo de un jaguar negro. Una noche sueña con una caza, en primer lugar como observador y, en segundo, como si él mismo fuese el jaguar, rondando por la cadena montañosa Sierra Nevada de California, donde acecha a unos campistas y los ataca con un furor salvaje. Pocos días después, recibe una llamada del Servicio de Parques Nacionales solicitando su ayuda para investigar el ataque extraño de un animal. Cuando llega al campamento, lo reconoce por su sueño y comunica a las autoridades que el autor fue un jaguar, mostrándoles exactamente cómo sucedió. Su búsqueda de la verdad lo trasladará a un mundo oscuro de plantas mágicas y rituales chamánicos ancestrales que lo harán enfrentarse, en último término, al enigmático misterio de su pasado.

Jaguar negro, especie a punto de extinguirse.

Capítulo 1

 

La jungla se abalanzó hasta toparse con Erik cuando se cayó de bruces sobre la maraña que formaba la maleza. Tenía la respiración agitada, el sudor hacía que le picasen los ojos y los latidos del corazón le atronaban los oídos. El nauseabundo y dulzón hedor a descomposición le invadió los pulmones, provocándole arcadas. Aguantó la respiración un momento para tratar de sofocar los zumbidos de los oídos.

Un silencio inquietante hacía sentir el hechizo de la selva.

Mientras trataba de ponerse en pie sobre sus piernas tambaleantes, oyó un rugido profundo por detrás. Mirando hacia allí, descubrió dos esferas amarillentas. Por un instante eterno, ni él ni el felino se movieron un ápice, hasta que este se agazapó y gruñó. El vello de la nuca de Erik se erizó al unísono con el gruñido del animal. No podía correr.

Se quedó helado, aceptando la inevitabilidad de la muerte, hasta que saltó una chispa en su interior que le provocó una nueva determinación. La rabia vigorizante lo sobrepuso del miedo que lo había paralizado y la fuerza regresó a sus piernas. Su respiración se ralentizó y logró controlarla; sus sentidos se agudizaron, en sintonía con cada ligero desplazamiento del jaguar. Un gruñido apagado emergió desde el interior de su propio cuerpo, se le doblaron las piernas y abrió los brazos en espera de la embestida del felino.

Hombre y animal se rugían mutuamente y arremetían uno contra el otro, con las garras extendidas, mostrando los dientes, puño topando pelaje, carne hallando colmillo, mientras que Erik y el jaguar negro se abrazaban en una salvaje danza mortal.

El instante languideció y Erik tuvo la sensación de flotar fuera de sí mismo hasta que su conciencia se desplazó y se unió a la del felino, compartiendo sus percepciones.

Con plena consciencia, se aferró a sus sentidos y se desplazó con el jaguar como si fuese un globo de helio atado a una cuerda. El mundo, filtrado a través del subconsciente agudizado de su anfitrión, acudió a él con una intensidad y proximidad que jamás habría creído posible.

El entorno se alteró y enseguida se hizo nítido con asombrosa claridad. La luz del sol se transformó en oscuridad. Desaparecieron los fuertes aromas a plantas en descomposición, la palpable humedad y la desaforada vegetación de la jungla. El fresco aire nocturno y el terreno rocoso que reconocía de sus acampadas con Phineas inundaron sus sentidos.

La cadena montañosa californiana conocida como Sierra Nevada.

Juntos, el jaguar y él, corrieron a zancadas por el bosque con olor a pino olisqueando el aire en busca de alguna presa. Aunque era plenamente consciente de su entorno, los instintos del felino subyugaron a Erik, obligándolo a participar de la experiencia como un observador pasivo.

Unidos, se desplazaron durante la noche, deteniéndose cada pocos minutos para escuchar y olfatear antes de reanudar la caza. Se levantó una ligera brisa que transportó hacia ellos olores y sonidos. Voces. Avanzaron con rapidez en la oscuridad. Exceptuando a la fauna nocturna, demasiado pequeña y aterrorizada para permanecer al alcance del cazador letal, su trayecto pasó desapercibido.

Las voces se oían cada vez más cercanas. Dos. Y esos olores. Tan embriagadores. Un hombre y una mujer.

—Oh —gimió ella—, mi amor. Uuh. —Inspiró profundamente siseando—. Sigue así.

El hombre no respondió, pero sus resoplidos viajaron nítidos y claramente perceptibles. Y ese olor... Almizclado. Penetrante.

Erik olfateó y lo percibió del mismo modo que el jaguar, aunque luchó para resistirse; no obstante, la excitación de la bestia lo arrastró sin poder evitarlo hasta que llegaron a un enorme peñasco que servía de mirador a un pequeño descampado.

Un cielo sin luna cubierto de estrellas coronaba la montaña como una mortaja con multitud de agujeros diminutos. Una pequeña hoguera se había consumido hasta las brasas. Al fondo del descampado una tienda de campaña se movía al ritmo de los sonidos y olores de sexo desinhibido. El olor punzante de los rescoldos del fuego voló hasta ellos, débil en comparación con el efluvio carnal de la adrenalina procedente de la tienda de campaña.

—Ooh, ooh, ooh. —La mujer gemía en sincronía con los resoplidos del hombre. Carne contra carne, ambos cuerpos se golpeaban aumentando el ritmo, llegando al frenesí.

El felino dio un brinco desde el peñasco y aterrizó sin ruido en el centro del descampado. Se agazapó y se arrastró hacia la tienda de campaña deslizándose sobre la panza. Su sed de caza llenó a Erik de éxtasis salvaje. Sabía lo que estaba a punto de ocurrir y quería detenerlo, pero el exceso de percepción sensorial lo tenía atrapado como una mosca enroscada en una telaraña.

—Oh, mi amor —dijo el hombre en voz baja y entrecortada—. Me voy..., me voy.

El jaguar se quedó quieto en un lateral de la tienda.

En el instante en que los gemidos de la mujer se transformaron en gritos de placer, las orejas del felino se irguieron, dio un brinco y rugió, rasgando la tienda de campaña con las garras. Los gritos perforaron la noche mientras el jaguar daba dentelladas y arañaba la pelota de tela destrozada que se agitaba.

Expulsado, aunque formando parte de la escena, Erik era testigo presencial del ataque, fascinado y a la vez aterrorizado. Incapaz de evitarlo e igualmente incapaz de alejarse, sentía que algo lo obligaba a presenciar la carnicería. Los chillidos de agonía le provocaron un terror que lo dejó helado mientras que el olor de la sangre fresca y las vidas menguantes lo dejaron paralizado con un deseo de sangre que jamás habría imaginado posible.

La sangre empapaba la tela. Minúsculas gotas la salpicaban con cada zarpazo de la enorme garra del felino. Un brazo asomó por un desgarrón de la tienda de campaña. El jaguar lo mordió y lo arrancó de cuajo. Carne viva y hueso limpio relucían por un agujero abierto en la tela.

Continuaban los gritos agudos.

Erik gimió y cerró los ojos, tratando de espantar el horror hasta que su mente se cubrió de un rojo brillante y algo lo sacudió.

águila surcando los cielos

CAPÍTULO 2

—¡Erik!

La voz de su padre.

—¡Despierta! Tienes otra pesadilla.

Abrió los ojos de golpe. Las sábanas enroscadas le atenazaban el brazo contra el cuerpo empapado en sudor. Tenía el corazón agitado y le dolía la cabeza. Parpadeó frente a la brillante luz y vio el gesto de preocupación de su padre cuando consiguió enfocar los ojos.

—¿Estás bien?

Erik inspiró profundamente y espiró despacio—. Sí, lo estoy. Gracias por despertarme.

—¿Otra vez el jaguar?

—Sí, pero de otro modo. Yo estaba más cerca, pero no era la jungla. En esta ocasión, estaba en la sierra. Fui testigo de como buscaba a su presa. Personas. Lo vi..., sentí cómo las hacía pedazos. Yo no podía hacer nada.

Phineas se inclinó y le alborotó el pelo—. Fue solo un sueño.

—Sentía como si me hubiese convertido en el jaguar, pero no era exactamente así. Lo podía ver y a la vez estaba dentro de él, pero también estaba fuera de su cuerpo. ¿Comprendes a qué me refiero?

—Creo que sí. En los sueños pueden pasar esas cosas a veces. —Phineas echó un ojo a su reloj de pulsera—. De todos modos, ya es hora de levantarse —afirmó, mientras daba un ligero apretujón a Erik en el hombro—. Podemos hablar de ello mientras nos tomamos el café. —Le dio una palmadita en la espalda y salió del dormitorio.

Erik pateó la manta para apartarla y descubrió minúsculas gotas de sangre en las sábanas. Mirándose el pecho, vio que una de las garras de su amuleto de piedras de ámbar lo había arañado. «Tengo un zarpazo de un jaguar —pensó—. Después de tantos años, esta es la primera vez que me araña».

Salió de la cama y estiró su cuerpo musculoso de 1,82 metros antes de encaminarse al baño, moviéndose y fluyendo con gracia natural. El cabello rubio, los penetrantes ojos azules y los rasgos angulosos le proporcionaban apariencia atlética de surfero californiano, pero lo que transmitía su mirada contaba una historia muy diferente.

Su infancia más temprana hasta el momento en que lo encontró Phineas, permanecía en blanco; algo con lo que había tenido que lidiar cada día de su vida con frustración creciente. Los sueños de las últimas semanas parecían arrastrarlo hacia el borde del precipicio que lo separaba de su pasado, pero siempre acababan de forma abrupta y lo dejaban a solas, a oscuras, anhelando conocer la verdad.

Después de vestirse para ir a trabajar, bajó a la planta inferior, preparó café y se sentó en el estudio mientras esperaba a su padre. Dos de las paredes de la gran sala con paneles de madera de roble estaban cubiertas con estanterías repletas de libros, la gran mayoría de zoología y antropología, muchos de ellos escritos por el propio Phineas. Cerámica india ocupaba las estanterías y el resto de los huecos. Lanzas, cerbatanas, cestos, máscaras ceremoniales, pipas y distintos artículos de arte nativo estaban colgados de otra pared. Un gran atlas mundial cubría la cuarta.

Erik sentía que esa sala de la casa era realmente su hogar. Los bártulos le proporcionaban una inexplicable sensación de comodidad. A menudo, se quedaba sentado durante horas observándolos con anhelo confuso, como si alguno de ellos pudiese tener la clave de su pasado inexistente.

—¿Te encuentras mejor?

La voz de su padre, con su acento escocés, desbarató su ensoñación. Phineas venía de la cocina, con el café en la mano y con aspecto de decano distinguido con su traje de tweed con coderas y gafas de montura metálica. Un mechón salpicado de canas raleaba en la coronilla, que contrastaba con la espesa barba pulcramente recortada. Las cejas espesas y la frente prominente daban profundidad a sus inquisitivos ojos color miel.

—Parece que tienes muchos más sueños últimamente —remarcó Phineas, mientras se sentaba en el sillón orejero enfrente de Erik—. Puede que haya llegado el momento de profundizar en ellos. —Dejó el café sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, con los antebrazos en las rodillas—. No es necesario que te diga que tengo tanta curiosidad como tú. Eres un joven extraordinario con un gran talento.

Erik se puso colorado—. El mérito es únicamente tuyo.

El anciano guiñó un ojo—. Tanto tú como yo sabemos que posees algún tipo de sabiduría intuitiva que va más allá de lo que enseñan los libros. Tienes buena mano con los animales, hijo.

Erik no consideraba que tuviese talento ni que fuese extraordinario. El mérito era de su padre, que había sido su mentor. Erik devoraba los libros prácticamente a la misma velocidad a la que Phineas se los proporcionaba, con lo que había alcanzado y superado con rapidez a los niños de su edad. Naturalmente, cuando le llegó el momento de elegir carrera, Erik siguió los pasos de su padre. Como resultado de la paciente tutoría de Phineas, Erik había recibido recientemente su doctorado de Biología por la Universidad de California, en San Diego, y parecía destinado a una carrera brillante.

—Te guste o no —continuó Phineas—, al paso que vas, estoy convencido de que te convertirás en una de las autoridades más solicitadas en comportamiento animal de Estados Unidos, puede que incluso del mundo.

Erik apuró el café, se levantó y dejó que la taza vacía balancease en el dedo—. Eso es precisamente lo que me preocupa, papá. Sé demasiado sobre los animales. Puedo contarte en detalle la vida de cualquier animal desde la gestación hasta la muerte, pasando por el apareamiento, pero no sé absolutamente nada de mí mismo. —Agitó la cabeza—. Es exasperante. Después de tantos años, cualquiera creería...

Phineas se levantó del sillón y se dirigió a la cocina pasando el brazo por el hombro de Erik—. Te diré lo que vamos a hacer —musitó—. Estoy seguro de que esos sueños te están diciendo algo. Les he estado dando muchas vueltas...

—Los loqueros de nuevo, no. Ya me he hartado de que esos fanáticos del psicoanálisis freudiano escarben en mi cabeza.

Phineas levantó la mano—. Un viejo amigo mío dirige el departamento de Psicología de la Universidad. Hablará contigo.

Erik negó con la cabeza.

—Síguele el rollo a tu viejo. Al menos, vete a verlo. Si no lo haces por ti, hazlo por mí. Si no te gusta, lo dejas. No te hará daño.

—¿El doctor Carella?

Phineas asintió—. Quizá acceda a hipnotizarte y practicar contigo una regresión. Esos sueños tan vívidos pueden ser una señal de que estás recordando.

Erik suspiró—. A estas alturas, cualquier cosa merece la pena.

Phineas le dio una palmada en la espalda—. Ese es mi chico.

Chamanismo, amor por la naturaleza

Si quieres que promocionemos tu libro y publiquemos los primeros capítulos y los enlaces a tus páginas de autor y de Amazon, lo único que tienes que hacer es dejar en nuestras manos su corrección ortotipográfica

Escribir comentario

Comentarios: 0