BLOG LITERARIO - SUSURROS EN LA NOCHE

Susurros en la noche - Matthew J. Pallamary

Ficha técnica

 

Título: Susurros en la noche

 

Autor: Matthew J. Pallamary

Traducción: Rosina Iglesias

Editorial: Mystic Ink Publishing

Nº de páginas: 286

Precio libro electrónico: 2,36 €

Precio tapa blanda: 13,84 €

 

 


SINOPSIS

Aunque te fascinen y aterroricen los zombis, vampiros y otros moradores de la noche, puedes no estar preparado para el horror que acecha en las calles de Boston...

Nick Powers se sube, sin saberlo, a un coche robado y se encuentra en medio de una persecución policial brutal que termina en accidente y en el cual queda inconsciente. Cuando vuelve en sí, le parece oír susurros; sin embargo, no puede prestar atención, ya que la policía lo está acorralando. Después de escapar, ve a un vagabundo discutiendo consigo mismo y se da cuenta de que los susurros que oye en su cabeza son el otro lado de la discusión. Perplejo, Nick sigue al hombre hasta un albergue.

Por otro lado, Max Broderick es el único miembro de la unidad de investigación encubierta del Departamento de Justicia de Estados Unidos a la que la policía de Boston ha pedido ayuda después de que se profanasen multitud de tumbas y los cuerpos fuesen hallados decapitados. La teniente Colleen O'Grady solicita su apoyo para investigar unos extraños asesinatos macabros que parecen estar conectados con su caso y relacionados con antiguos ritos celtas. Mientras que la policía y el FBI investigan los asesinatos de varias jóvenes, también van desapareciendo vagabundos, aunque solo una persona se da cuenta: Nick.

Los colibríes, también conocidos como picaflores, zumbadores, pájaros mosca o ermitaños, son un clado de aves apodiformes endémicas de América que cuenta con más de 300 especies

Capítulo 1

 

El sonido de una llave deslizándose por el interior de la cerradura de la puerta principal lo sacó de repente de su estado de aturdimiento. El olor rancio a fragancia estanca cuchicheó en su mente, recordándole que había estado esperando durante horas. Le dolían los pies. Se esforzó para ver más, pero el armario seguía envuelto en oscuridad. Una fina línea plateada de luz del espesor de una cuchilla de afeitar brillaba a través de la puerta dejando un surco de luz de luna entre la ropa colgada delante de él.

Desorientado en un principio, gradualmente recordó qué tenía que hacer. En realidad, él no quería llevarlo a cabo, pero la voz no le permitiría ni siquiera pensar en otra cosa.

Como en respuesta a sus pensamientos, esta susurró en su mente. Continúa en silencio, le musitó. No te muevas. No te debe localizar. Respira despacio. Profundamente. Con inspiraciones comedidas. Tú eres el instrumento divino de la voluntad de Dios. Su mano guiará la tuya. Dedos sudorosos resbalaban por el mango de la hoz a su costado.

Tenía la espalda agarrotada. Le temblaban las piernas. Ansiaba moverse, pero los sonidos procedentes del pasillo que llevaba al dormitorio le informaban de que hacerlo significaría ser descubierto.

La luz del dormitorio se encendió y una cuchillada de oro apuñaló la ranura de la puerta, deteniéndose a milímetros de su cara. Se encogió, recuperando el aliento. Ella se dirigía directamente hacia él. Contuvo el aliento, aferrando su agarre de la hoz. La preciosa rubia se detuvo cuando ya tenía la mano en la puerta del armario como si se hubiera distraído, entonces se dio la vuelta y empezó a desvestirse.

Exhaló lentamente, observándola a través de la rendija. Melena rubia en cascada y curvas sutiles. Cuando se quitó el jersey de angora por la cabeza, vio sus pechos firmes y hombros tersos y delicados. Estuvo a punto de jadear cuando se bajó la cremallera de los pantalones y se meneó para liberarse de ellos. Le siguieron las bragas. Verla en una situación tan íntima, desencadenó en él deseos largamente atrofiados.

No estás aquí para eso, le exhortó la voz. Aparta esos obscenos pensamientos de tu mente. Esas palabras duras le hicieron sentirse avergonzado y cabreado; igual que se sentía cuando su madre le echaba la bronca.

Ella se giró hacia el armario de nuevo y miró fijamente. Él se tensó, aunque inmediatamente recordó el espejo de la puerta del armario. La observó realzar un pecho con cada mano y girarse a un lado y a otro, contemplándose. Su mirada volaba entre sus pechos y la melosa parcela de vello púbico que adornaba sus suaves y contorneados muslos. Si no fuese por la voz, se habría lanzado a por ella; sin embargo, el miedo lo obligó a dominarse.

Justo cuando llegó a los límites de su autocontrol, ella se dio la vuelta y desapareció de su ángulo de visión. Un sonido de chorro de agua venía del cuarto de baño y después se vació la cisterna del retrete. Cuando volvió a pasar por delante del armario, vio que se había puesto un camisón e inmediatamente apagó la luz.

El resplandor opaco de la luna ocupó su conciencia una vez más, seguido del crujido del somier y del tono de llamada de un teléfono móvil.

—¿Ken? —dijo con dulzura—. Sí, cariño, ya estoy en casa, arropada y pensando en ti —una pausa—. Lo sé. Yo también te echo de menos. Estaremos juntos mañana por la noche. Toda la noche —otra pausa—. Yo también lo siento. Te quiero —pausa—. Buenas noches, mi amor.

Más crujidos de los muelles del somier y luego el sonido de su respiración; fuerte y regular, al principio; lenta, poco después.

Pronto, dijo la voz. Cuando el silencio casi alcance la perfección. Dios guiará tu mano.

Se dejó llevar por la voz, confiando en ella, ya que le infundía fuerza; una vieja amiga en quien confiar. No conseguía recordar cuando la había oído por primera vez, pero sí que daba sentido a su vida y le prometía felicidad y realización personal. Esta noche cedería a su insistencia y ella le recompensaría.

Permaneció en silencio hasta que no se oía ningún ruido excepto la respiración de la chica.

Lenta y uniforme.

Moviéndose con la parsimonia de una serpiente acechando a su presa, su mano avanzaba reptando, los dedos tocaron la puerta, deteniéndose cuando su mano hizo pleno contacto. Aplicó presión hasta que la puerta del armario se abrió en completo silencio. La voz se había asegurado de que lubricase las bisagras antes de esconderse a esperarla.

Se desplazó lentamente, escabulléndose entre la ropa colgada, atrapando una vez más el aroma permanente de su fragancia, liberándose de los confines del armario, emergiendo con la gloria plena de la luz de la luna.

Miedo, amor, frustración y un anhelo insoportable lo mantuvieron inmóvil en el instante en que contempló las agraciadas curvas bajo las sábanas. «¿Y si...?».

Ella se estiró.

Se quedó helado cuando se dio la vuelta y quedó mirando hacia arriba mientras se lamía los labios, mascullando algo antes de volver a sumergirse en un sueño profundo. Se acercó más y se detuvo nuevamente a admirar la inocencia infantil de su rostro, reprimiendo el deseo de acariciarle el pelo.

¡Hazlo!, le ordenó la voz.

Se resistió, aunque inmediatamente alzó la hoz, fascinado brevemente por el destello plateado del filo.

 

Los ojos de la chica se abrieron de repente. Como platos. Una brusca inspiración. Abrió la boca desmesuradamente justo antes de que la punta de la hoz se precipitase sobre ella, convirtiendo lo que podría haber sido un grito en un ronco borboteo. El terror atroz de sus ojos se atenuó cuando extrajo la hoz, mitigándose más y más con cada sucesiva embestida.

CAPÍTULO 2

Nick Powers sintió vibrar el suelo y agitarse la pared a su espalda. El fragor cobró impulso a medida que se precipitaba sobre él y alcanzó su apogeo antes de remitir en una cacofonía de chirrido metálico que anunciaba la llegada del metro. Una ráfaga de aire frío y húmedo, pesado por el hedor a orina rancia, sopló cuando se abrieron las puertas en la estación de Shawmut de Dorchester, haciendo que las páginas sueltas de un periódico saliesen volando.

La palabra «decapitación» en el titular del Boston Globe le llamó la atención. Lo pisó con fuerza para atrapar el periódico bajo su suela y lo recogió. La fotografía de una preciosa chica rubia bajo el titular atrajo su mirada. Jodido desperdicio —musitó—. ¿Por qué siempre le tiene que tocar a los bombones?

Ajeno a la multitud que abandonaba la estación, Nick admiró la foto de la chica un rato más antes de leer el texto inferior.

LA POLICÍA INVESTIGA DECAPITACIÓN EN CAMBRIDGE

    El cuerpo degollado de Lynn Ford, una estudiante de veintitrés años del Boston College, fue hallado en su apartamento de Cambridge ayer a última hora de la tarde.

    La cabeza de la víctima sigue desaparecida.

    Un informador próximo a la investigación ha dicho en palabras textuales: «No hay sospechosos ni motivos aparentes, pero los especialistas forenses especulan con que el carácter ritual del asesinato marca una pauta que podría repetirse».

    El cadáver de Ford fue descubierto por su novio Ken Reeth, que se sometió a interrogatorio y fue puesto posteriormente en libertad por la policía. Reeth no es sospechoso del crimen. El portavoz oficial del departamento de policía de Boston declinó opinar sobre el asesinato a la espera de una investigación a fondo.

(Ver Sucesos pág. A7)

«Vaya mierda», pensó Nick, mientras hojeaba el periódico para descubrir que la página A7 no estaba entre las que había atrapado. «Bien». Hizo una bola con el periódico y lo metió en una papelera que ya desbordaba basura en la que se leía: “Mantén Boston Limpio”. Una inusual pila de latas y botellas colmaba la papelera.

«¿Dónde va a ir a parar el mundo? Pibitas preciosas a las que les corta la chola algún pirado e indigentes que se dedican a recoger basura y se ponen en huelga». No le parecía posible que Obie dejase ese tesoro ignorado durante tanto tiempo. Doblando la esquina de la estación de Shawmut, Nick vio un carrito de supermercado abandonado, reconociéndolo como el de Obie. «Hablando del diablo. Solo Obie tiene bolsas de Hefty de color naranja fosforito y una manta del ejército».

¿Qué era lo extraño de esa imagen? Nunca había visto a Obie sin su carrito. Nick se apoyó en la barandilla que delimitaba la línea de metro y observó el carrito con extrañeza. Ahora que lo pensaba, no había visto a Obie los dos últimos días. ¿Dónde podría haberse metido? Puede que hubiese encontrado nuevos contenedores en los que hurgar. Aunque pensándolo mejor, Nick cayó en la cuenta de que en las últimas semanas había visto más peña sin techo de lo habitual por el barrio. Tenía que ser por el nuevo albergue para indigentes de Town Field. Podría ser que Obie estuviese merodeando por allí para conseguir papeo gratis, pero no habría abandonado sin vigilancia su carrito. Generalmente, conseguía vender suficientes botellas y latas para ir tirando. El papeo tenía que ser muy bueno para que Obie fuese allí. Nick se encogió de hombros, metió las manos en los bolsillos y siguió callejeando.

Con metro ochenta, pelo negro azabache e inquisitivos ojos azules, Nick aparentaba más edad que sus dieciocho años y le gustaba vestir como lo había hecho su viejo. Chupa de cuero, vaqueros y botas de piel. La gente que no los conocía los tomaba por hermanos. Como su padre, Nick se peinaba el pelo hacia atrás. Las chicas del barrio decían que era un cruce entre Robert Downey Jr. y Tom Cruise.

Gracias a los contactos de su viejo, Nick conocía a todo el barrio, con qué droga trapicheaba este, cuánto cobraba y en qué artículos robados se especializaba aquel otro. Conocía a los que organizaban timbas, a las putas y a sus chulos, a los que consideraba grandes colegas. Todos sabían que él era un tipo con el que se podía contar y que se ponía en marcha en cualquier momento, aunque hacía lo posible por mantenerse alejado de los problemas. Su viejo había estado metido en todo y lo trincaron por vender nieve a un madero infiltrado. Lo mandaron a Walpole, donde la palmó tres días después de que Nick hubiese cumplido los quince; fue la víctima de un mamón de Southie con un pincho.

La ausencia de su padre había hecho a Nick independiente y, si había aprendido algo de él, era que no debía seguir su ejemplo. Ni usar la jerga de los afroamericanos de los años cuarenta ni la mierda de trapicheos de la calle. Era mejor mantenerse a distancia de la pasma y alejar el culo del juez.

Temía acabar siendo otro borracho de los que pasaban toda su vida atrapados currando para el puñetero servicio de correos o cualquier otro estúpido oficio de burócratas. Soñaba con ir a la facultad y convertirse en piloto de líneas aéreas para conseguir salir de Dorchester; sin embargo, no se podía permitir ponerse a empollar. Su madre las pasaba canutas para mantenerlo y él odiaba vivir en su casa. Le hacía sentir que no aportaba nada, especialmente con las advertencias nada sutiles del maromo de su madre, un capullo llamado Mike; pero estaba seco y no podía irse a otro sitio y tampoco quería caer en la pasta gansa fácil de los camellos, esos pobres diablos que alardeaban de sus extravagantes coches en la plaza Codman. «Qué les den».

Después de acabar el instituto, trabajó como peón en la construcción, pero lo habían echado en septiembre y no había conseguido encontrar otro curro. Al menos tenía un lugar donde vivir. Los tipos como Obie no lo tenían. Dormían entre cartones en bocas de metro o en callejones oscuros. Si tenían suerte, encontraban un lugar como el albergue para indigentes enfrente de Town Field.

—¿De qué demonios me hablas —soltó una voz detrás—, chiflado hijo de puta?

Nick se dio la vuelta y se encontró a un anciano escuchimizado que llevaba una mugrienta gorra de béisbol de los Red Sox, una gabardina manoseada y un par de maltrechas zapatillas de deporte Converse All Stars. La visera del gorro ensombrecía unos ojos macilentos hundidos bajo un rostro cadavérico y quemado por el sol que miraba fijamente a Nick, pero la mirada vidriosa del hombre no mostraba nada.

No había nadie más a la vista.

—Jodida religión —farfulló el hombre. No creo en esas sandeces frunció el ceño y apretó los puños. ¿Qué? Haces bien en pensar de ese modo si crees que te va a hacer algún bien, pero... La ira nubló su rostro. ¡Escúchame, pardillo, tú no me puedes obligar a nada!

«¿A quién demonios le está hablando?», pensó Nick mientras el hombre pasaba a su lado, ajeno a su presencia. «Parece una discusión de la hostia. Nunca lo he visto. Definitivamente no es un habitual».

Jodidos fanáticos religiosos, sois todos iguales continuó el hombre, agitando los brazos—. Estáis hablando todo el tiempo de la mierda esa de la voluntad de Dios.

Nick negó con la cabeza y observó al hombre avanzar por la calle inmerso en su acalorada bronca, luego se giró y se apoyó en la barandilla, devolviendo su atención al carrito de supermercado de Obie. ¿Podría ser que hubiese quedado con Obie?

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un chirrido de neumáticos, seguidos del sonido del rugido de un motor. Un Camaro dorado del 73 con techo de vinilo marrón se acercaba por el cruce de la calle Dayton. Nick reconoció al alto conductor de pelo ensortijado cuando frenó el coche a su altura.

Joey saludó cuando el conductor bajó la ventanilla derecha. Cuánto tiempo sin verte. Pensaba que estabas en el trullo por levantar coches.

Salí esta mañana.

Nick dio un paso atrás para admirar el Camaro y soltó un silbido antes de introducir la cabeza por la ventanilla—. Bonito trineo. ¿Dónde lo has levantado?

Joey dio un meneo a las llaves. Es de mi tío. Sube. Ven a dar un voltio.

Nick dudó. No le convencía. No sé, Joey...

Joey meneó las llaves de nuevo. No es birlado, Nicky. ¿A qué esperas? No te he visto en meses. Sube, joder, y ponme al día de lo que ha estado pasando.

Aunque le daba mala espina, se subió. Tan pronto como cerró la puerta, le olió a alcohol y supo que la había cagado, pero, antes de que pudiera decir nada, Joey puso la palanca de cambios en primera, pisó el acelerador y quemó rueda.

Sonrió a Nick. ¡Este cacharro es la hostia, yuhuu!

—Eh, Joey, si este cacharro es de tu tío, ¿cómo es posible...

El derrape de otro vehículo lo interrumpió. Una coche patrulla de la policía de Boston patinó mientras doblaba la esquina por detrás de ellos, con las luces azules encendidas. Joey pisó a fondo el acelerador y el coche sufrió una sacudida hacia adelante. Nick se maldijo a sí mismo por haber sido tan estúpido.

Me dijiste que no era robado —espetó Nick, agarrándose al salpicadero.

—Era trola. —Joey dio un volantazo a la izquierda. Nick se aferró a la puerta, miró atrás y vio a los maderos girando a toda pastilla, persiguiéndolos. Joey pasó volando por el colegio San Marcos casi a cien por hora y salió disparado por la avenida Dorchester, conocida por los vecinos como vía Dot. Dio un brusco volantazo a la derecha, derrapando hacia el tráfico en sentido contrario. Un coche se salió de la calzada. Nick cerró los ojos cuando vio que iban directamente contra un autobús. Joey volvió a girar bruscamente a la derecha y lo eludió por centímetros. Las sirenas parecían atenuarse. Nick abrió los ojos y miró hacia atrás para comprobar que la distancia entre ellos y el coche patrulla había crecido.

Dio un puñetazo al salpicadero. Maldito hijo de puta, Joey. ¿Cuál es tu puto problema?

Joey soltó una carcajada, sacó una botella de Jack Daniels de su chupa y la lanzó al regazo de Nick.

—¡Mierda! —Nick agarró la botella como si acabase de salir del horno y la arrojó por la ventanilla.

—¿Por qué la tiraste, Nicky?

Nick miró por el espejo retrovisor, temiendo que al dar la vuelta los maderos lo reconociesen. La distancia entre ellos y el coche patrulla no había variado. Joey se saltó el semáforo en el cruce entre Dorchester y la avenida Talbot.

Una furgoneta chocó contra la parte izquierda de su guardabarros trasero, precipitándolos contra una fila de vehículos aparcados. Joey pisó a fondo el acelerador y golpeó a tres de ellos lateralmente. Nick levantó los brazos para cubrirse la cara de la lluvia de fragmentos de cristal. La pasma no asomó por el cruce.

Joey recortó por la derecha, doblando la esquina a dos ruedas y patinando contra otro coche aparcado antes de entrar disparado en una bocacalle. Ambos miraron atrás, esperando ver luces azules. Cuando miraron de frente de nuevo, un balón rebotó entre dos vehículos aparcados, seguido de un crío pequeño.

—¡Joder! —Joey dio un volantazo. El Camaro se desvió por culpa de una camioneta hacia el bordillo, haciendo que los contenedores de basura saliesen volando, cada uno por un lado.

Nick miró por la ventanilla, captando el gesto de conmoción del crío e inmediatamente miró hacia adelante, a tiempo de ver una valla metálica arrancando de cuajo el capó.

—La hemos cagao. —Fueron las últimas palabras que salieron de la boca de Nick antes de que se tragasen el jardín delantero de un bloque de viviendas de tres plantas y golpease el salpicadero con la cabeza.

El jaguar, yaguar o yaguareté es un carnívoro félido de la subfamilia de los Panterinos y género Panthera. Es la única de las cuatro especies actuales de este género que se encuentra en América.

CAPÍTULO 3

Nubes alargadas surcaban por delante de la luna creciente haciendo que las sombras oscuras del cementerio se desplazasen reptando. Líneas y ángulos trepaban por las ramas sin hojas de los árboles mezclándose con un pentagrama pintado con pulverizador y otras pintadas que profanaban el reverso de una lápida de mármol blanco.

ESTE MENDA REINA

PIEDAD POR EL DIABLO

SATÁN VIVE

Max Broderick se apoyó en una lápida deteriorada, aferrando una botella medio vacía de Thunderbird. El efluvio a vino barato sobre la ropa destacaba por encima de los olores residuales a tierra húmeda y a hojas secas. Max estudió las pintadas. «Críos», pensó. «Niñatos estúpidos y pandilleros colocados». Odiaba estas vigilancias. Su monotonía le tocaba mucho los cojones; no obstante, las funciones raras venían con el cargo y ningún otro las hacía mejor que él, al menos eso es lo que le decían.

Licenciado con las mejores notas de su promoción en la Academia Nacional del FBI, la Unidad de Análisis de Conducta de Quantico había pedido a Max que se uniese a ellos como el analizador de personalidad criminal más joven de la historia de la unidad. Después de cinco años sobre el terreno, sus habilidades para trabajar encubierto se habían hecho legendarias, así como los extraños pormenores de sus vigilancias. En la actualidad, el agente especial Broderick tenía el mérito de ser el único miembro de la Unidad de Investigación Encubierta del departamento de Justicia de los Estados Unidos.

A sus 36 años, el único hombre de su unidad aún tenía aspecto aniñado. Su cabello castaño claro enmarañado, el hoyuelo de su mejilla y sus ojos azules de mirada pícara hacían que las mujeres se preguntasen qué ocultaba tras ellos. Los demás policías le tomaban el pelo diciendo que parecía estar más en su elemento en un club de campo con una raqueta de tenis en la mano que en las calles armado con un 38. Podría ser perfecto si no fuese por una pequeña cicatriz rosada con forma de media luna sobre su ojo izquierdo, recuerdo de un adicto a las metanfetaminas que empuñaba una navaja con la que llevaba a cabo un ritual.

Dos meses antes, la policía de Boston le había pedido ayuda. Durante un período de tres meses, se habían sustraído quince cadáveres del cementerio Cedar Grove de Dorchester. Se habían recuperado tres cuerpos, todos sin cabeza.

A diferencia del espanto de todos los demás, Max contaba con que algunas de las cabezas hubiesen desaparecido. Se había encontrado situaciones similares antes, aunque nunca a tan gran escala. Parecía haber una gran concentración de tarados en esta zona. Los pirados debían de estar celebrando la convención “Cómo conseguir tener cabeza en vida; o en la muerte”. Sonrió ante su propio humor negro. No, estos iban en serio. Los cráneos humanos se vendían por 500 dólares o incluso más en el mercado negro.

En casi todas las tumbas profanadas, la policía de Boston se encontraba huesos de animales y otras pruebas de sacrificios rituales, lo que no era insólito en los casos de saqueos de tumbas; no obstante, en este momento, la alarmante frecuencia de saqueos y pruebas halladas del mismo modus operandi apuntaban hacia un culto bien organizado y de gran envergadura. Su rutina invariable despertó el interés de Max, especialmente cuando el departamento de policía de Boston le envió copias de sus informes. En cada profanación, los detectives encontraban ramitos de muérdago junto a las tumbas abiertas y entre los restos del ritual que hubiesen estado ejecutando.

Tarjetas de visita.

Un gélido viento de noviembre en Nueva Inglaterra resonó entre los árboles. El ruido de las hojas secas correteando por la hierba del cementerio sonaba como un pequeño ejército de ratas. Iba a ser una noche muy larga. Max tiritó y se subió el cuello de su raído chaquetón verde botella hasta la nuca, pensando en todos los sitios en los que preferiría estar, como delante de una chimenea encendida con...

El rumor del motor de un coche, seguido de unos neumáticos sobre la gravilla, hizo que se le acelerase el corazón. Introdujo la mano dentro del chaquetón, apoyándola en la culata de su revólver. Su tacto lo reconfortó, pero no lo suficiente. En un lugar como este, un crucifijo sería probablemente de más utilidad.

Mirando en la dirección del ruido, vio una extraña luz azul cubriendo el cementerio. Poco después, un coche patrulla llegó a la cima de un montículo y se acercó como un cohete hacia él, deslizándose hasta que frenó a pocos pasos. Un policía de uniforme bajó de él, con el haz de luz de su linterna barriendo las lápidas hasta que se detuvo en Max.

Adiós a la tapadera.

—¿Broderick?

Max se puso de pie y se estiró todo lo que pudo, calmando los calambres de la espalda. Ya estaba demasiado viejo para estas mierdas—. Sí. ¿Qué pasa?

—Me envía la teniente O'Grady. Quiere que se presente en el escenario de un crimen en el barrio de Cambridge.

—¿Cambridge? Mierda. Yo no trabajo para O'Grady. Es ella la que se supone que trabaja para mí.

El agente se encogió de hombros—. Yo solo sigo órdenes. Vengo para llevarlo conmigo y usted me grita. Eso lo puedo tolerar. Pero, si vuelvo donde ella sin usted, tendré un marrón. Tenga corazón, porfa.

—Entiendo su postura. Ah, qué demonios, la tapadera ya se ha ido al garete.

El policía abrió la puerta del coche patrulla y le hizo gestos a Max para que subiese. Tenemos un fiambre sin cabeza y una mierda un pelín siniestra.

—¿Sin cabeza?

—Efectivamente.

Max pensó en que habría algún vínculo entre los cuerpos descabezados recuperados de los saqueos de tumbas y este asesinato. Sacudió la cabeza. Demasiadas coincidencias.

—¡Fiuu! El policía se tapó la nariz. Joder con la loción de afeitar que usa usted. Hace juego con este barrio de mala muerte.

Max subió al coche patrulla, que tomó dirección Cambridge, escuchando a medias lo que el agente le contaba de lo que sabía sobre el asesinato. Tomaron la circunvalación del sudeste hacia el centro y continuaron por la avenida Massachusetts mientras el uniformado parloteaba. Max resoplaba y asentía de vez en cuando, pero su mente divagaba sobre su relación con la teniente Colleen O'Grady del departamento de policía de Boston, una despampanante pelirroja de treinta y tres años de South Boston.

Terca como una mula y ambiciosa, su legendario carácter irlandés iba a ser una verdadera patada en los huevos, pero él intentaría aflojar un poco la tensión. O'Grady era una buena agente.

Divorciada recientemente de un detective de homicidios con un problema con la bebida, se dejaba la piel para parecer fría e indiferente; no obstante, Max veía fuego humeando tras esos increíbles ojos verdes y, en el otro extremo de ese ardor, una gran sensibilidad. Tenía unas mejillas redondas cubiertas de pecas descoloridas que lo hipnotizaban. Su aspecto físico unido a su forma de moverse, la habría hecho parecer perfecta para trabajar de actriz o modelo, pero había elegido ser policía.

Qué pena.

Abandonaron la avenida Mass y se metieron por calles secundarias hasta que se detuvieron enfrente de un edificio de piedra rojiza con puertas de cristal renovadas y modernos dispositivos de iluminación enfocados hacia la fachada. Dos coches patrulla y uno camuflado estaban aparcados delante y un policía uniformado vigilaba la entrada. Max salió de un salto del coche patrulla, le dio las gracias al conductor y subió los escalones de la entrada, mientras saludaba al agente de la puerta.

Segunda planta dijo el de azul, señalando—. Puerta 209.

—Gracias.

Zambulléndose bajo el cordón policial de la segunda planta, Max recorrió el pasillo. Otro uniformado vigilaba el exterior del apartamento. Max mostró su placa. El agente dio un toque a la puerta e inmediatamente la empujó para abrirla, permitiéndole el paso.

El apartamento olía a Pachuli. Almohadones excesivamente acolchados y alfombras hechas a mano cubrían el parquet recientemente barnizado. Cestos tejidos y abanicos orientales adornaban las paredes en color pastel. De un jarrón pintado en malva colocado en una esquina sobresalían por su parte superior enormes plumas de pavo real. Max oyó voces en la habitación del fondo.

Giró en una esquina y chocó contra O'Grady. Levantó las manos, sujetándola por instinto por la cintura. La sorpresa se le pasó rápido, sustituida por el tacto agradable de la curva de sus caderas bajo su chaqueta. La dulce fragancia de Dare, el perfume que siempre usaba, reprimió su propio hedor rancio a vino barato.

Ella se tensó con su contacto, sus ojos se dilataron y echó la cabeza hacia atrás.

Max la soltó. Lo siento, no la oí.

Una expresión de desconcierto se reflejó en su rostro, aunque inmediatamente sus rasgos se suavizaron y sus miradas se cruzaron—. Gracias por venir. Mirando hacia atrás, señaló por encima del hombro. Ahí dentro.

Max pasó por su lado para entrar en el dormitorio y se detuvo al ver el suelo cubierto de hojas, lo que le chocó por estar tan fuera de lugar en un apartamento tan pulcro. ¿Habrían entrado volando quizás porque el asesino hubiese dejado abierta una ventana? Devolvió la atención a las secuelas de la carnicería que había tenido lugar justo delante.

Varios focos iluminaban el área donde un técnico forense con guantes desechables y cabello negro rizado y gruesas gafas recogía muestras de charcos de un color rojo oscuro de sangre coagulada que empapaban la cama donde había estado el cuerpo. Dos detectives de homicidios con chaquetas oscuras permanecían en una esquina, con las cabezas muy juntas en un debate disimulado. Max los saludó con la cabeza.

El cabecero de la cama y la ventana de atrás estaban salpicados de carmesí. Las palabras

Cromm Cruaich

estaban garabateadas en la pared con sangre. Max estudió las palabras. ¿Celta?

—Probablemente estaba dormida cuando la atacó comentó O'Grady detrás de él, con aplomo en la voz.

«Una tipa bastante distante», pensó Max, observándola en el espejo. «Apostaría a que ya ha visto unos cuantos fiambres en su trabajo, pero dudo que fuesen tan vistosos como el que se encontró aquí».

—Entró en el apartamento en algún momento a media tarde y la esperó en el armario le informó O’Grady—. Esto es verdaderamente extraño.

Max se dio media vuelta hacia ella—. Vaya eufemismo.

—A lo que me refiero es que fue muy meticuloso. Planeó todo de antemano. Pasó por un montón de dificultades para ocultarse. Incluso lubricó las bisagras de la puerta del armario para no lo oyese salir. Gesticuló con la cabeza mirando hacia los dos detectives de homicidios que todavía no habían hablado con él. Sabemos por las salpicaduras arteriales de la pared y ventana, y por las marcas en el cuello, que el sujeto usó un instrumento afilado con el extremo largo y curvado.

Max pensó en Richard Ramírez, un acechador nocturno del sur de California que se colaba en los dormitorios y asesinaba a sus ocupantes mientras dormían. Ramírez no formaba parte de un culto; se había autoproclamado satanista, pero era un cuento chino.

O'Grady señaló con la cabeza hacia la cama. Aquí es donde se pone verdaderamente extraño.

Max pasó la mirada de la cama al técnico forense—. Tenemos muchas muestras de cabello y tejido humano —explicó el hombre señalando su maletín de laboratorio.

Max devolvió su atención a O'Grady, que negaba con la cabeza.

—Dejó sus huellas por todas partes. Las encontramos en el exterior de la ventana, en la puerta del armario, en las paredes. Tuvo mucho cuidado para colarse sin que lo pillaran y luego se volvió descuidado.

Max asintió—. ¿Qué les hace pensar que está conectado a mis ladrones de cuerpos?

—No habría pensado en ello si no lo hubiese leído en los periódicos. Me pregunté si no sería mejor pasarse por aquí de nuevo y echar otro vistazo.

—Tengo que reconocer que me cabreó que me arrancase de mi vigilancia, pero no creo que me haya arrastrado hasta aquí por lo que haya leído en un periódico. ¿Qué más tiene?

Una ligera sonrisa arqueó los bordes de sus labios y le hizo señas para que la siguiese al salón—. He concluido por los informes en relación a los cuerpos recuperados que no se ha encontrado ninguna de las cabezas, ¿es así?

—Es correcto.

—Y que apareció muérdago en todas las profanaciones, además de pruebas de sacrificios de animales, ¿correcto?

—Los sacrificios son corrientes en este tipo de casos, pero el muérdago es insólito, particularmente apareciendo en cada una de ellas.

—Eso es lo que pensé. Hemos vuelto a analizar las muestras de sangre. No toda es humana. —Con manos temblorosas, sacó una carpeta y distribuyó un puñado de fotos sobre la mesa de centro.

Primeros planos de un cuerpo femenino sin cabeza.

Su vientre había sido eviscerado, sus entrañas colocadas con esmero sobre sus pechos, como si lo hubieran hecho con esmero. Asomaba muérdago de la amputación de su cuello y varios ramilletes adornaban los órganos amputados

—Todavía no hemos encontrado la cabeza —manifestó O'Grady.

Si quieres que promocionemos tu libro y publiquemos los primeros capítulos y los enlaces a tus páginas de autor y de Amazon, lo único que tienes que hacer es dejar en nuestras manos su corrección ortotipográfica

Escribir comentario

Comentarios: 0