BLOG LITERARIO - LA TIERRA SIN MAL

La tierra sin mal - Matthew J. Pallamary

Ficha técnica

 

Título: La tierra sin mal

 

Autor: Matthew J. Pallamary

Traducción: Rosina Iglesias

Editorial: Mystic Ink Publishing

Nº de páginas: 356

Precio libro electrónico: 2,80 €

Precio tapa blanda: 13,89 €

 

 


SINOPSIS

Viaje de 250 años al pasado hacia un mundo donde la naturaleza habla a través de las plantas y los cánticos fluyen de las cataratas de forma tan sobrecogedora como el coro de la iglesia cantando el avemaría. Un lugar donde se cree que el ritmo de una maraca con plumas te acerca al creador. Un mundo donde el misticismo y la espiritualidad innata entran en conflicto con el cristianismo.

Chamanismo, intolerancia religiosa, historia, imperialismo, entrada en la mayoría de edad y una conmovedora historia de amor impulsan esta narración incisiva, que invita a la reflexión del legado de un pueblo indígena y sus tradiciones.

 

Con un lenguaje que captura tanto la esencia como el espíritu de la cultura guaraní, Pallamary traslada a sus lectores a un mundo hace tiempo olvidado que merece la pena explorar, a una espiritualidad que trasciende el dogma religioso e inspira comprensión y esperanza. Con ambientación realista e interpretación atemporal de la condición humana, La tierra sin mal es una celebración victoriosa del espíritu humano.

Los colibríes, también conocidos como picaflores, zumbadores, pájaros mosca o ermitaños, son un clado de aves apodiformes endémicas de América que cuenta con más de 300 especies

Carta del padre Antonio al obispo

 

Vuestra Santidad:

Os estoy escribiendo con gran urgencia, en este año de Nuestro Señor de mil setecientos cincuenta y ocho, desde el continente sur de las Américas, en algún lugar de la provincia de La Plata, a dos semanas de marcha de la gran Misión de San Miguel. Me temo que los asuntos que nos han traído aquí, en los confines de su luz sobre la tierra, están en peligro de escaparse a nuestro control.

Fue desde la Misión de San Miguel de donde emprendimos el camino con nuestros corazones abiertos para llevar la Palabra de Dios a estos salvajes. Sin embargo, como Vuestra Santidad habrá seguramente oído, encontramos resistencia a las enseñanzas de Nuestro Señor por parte de un chamán de nombre Avá-Nembiará, quien, me temo, está poseído por los esbirros de Satán.

La mayor parte de estos indios están encantados de participar en esas danzas rituales mientras escuchan las exhortaciones de ese hombre que se deja llevar por ataques de posesión demoníaca. Él es el único que no ha acudido, y no lo hará, a la misión para aprender y ser testigo de la Palabra de Dios. Él es el único que ha rechazado la Palabra de Nuestro Señor Jesús de plano.

Su resistencia a la Palabra se sostiene por la fuerza de su convicción de que el destino de su pueblo está ligado a la promesa de sus antiguos dioses de que recibirán señales que les indicarán el camino a una tierra eterna más allá del terror del mar, un lugar que ellos llaman la Tierra sin mal.

Mi única esperanza para su salvación radica en la salvación del alma del único hijo varón del hombre poseído, Avá-Tapé. Aunque solo tiene dieciséis años, su pueblo lo respeta por la posición de su padre. Tiene una mente despierta que se cuestiona todo y aprende más rápido que cualquier hombre que haya conocido, incluso en el seminario. ¡Posee tal sed de conocimientos!

Si consigo atraparlo entre los pliegues del sacerdocio, podré garantizar la seguridad de su pueblo. Si no lo consigo, temo por la pérdida de su alma pagana y su degeneración de nuevo a los caminos animal y demoníaco de los que tan duramente he trabajado para rescatarlo. Si me gano su corazón, estoy convencido de que ganaré los corazones de su pueblo; y, ganando sus corazones, salvaré sus almas.

Hasta la fecha, las misiones han proporcionado refugio a los indios contra las peores devastaciones de los pobladores españoles y portugueses; sin embargo, tengo miedo de que los colonos puedan esclavizar a los guaraníes. Desde hace varias semanas, he oído rumores sobre tribus hostiles que han entrado en esta parte de nuestros dominios y temo que pueden haber sido guiadas por mercenarios que trabajan en interés de los colonos. Muchas vidas y almas se perderán si los guaraníes no están bajo la protección de la Iglesia y la Misión.

Por favor, os ruego que me aconsejéis, Vuestra Santidad. Temo estar perdiendo la lucha por el control sobre estas almas salvajes e indómitas.

Vuestro humilde servidor,

 

Padre Antonio Rodríguez Escobar

CAPÍTULO UNO

Avá-Tapé contempló la luna creciente que asomaba desde lo más alto. Sintió el peso del aire húmedo de la selva tropical flotando denso e inmóvil, y la presencia de los árboles oprimiéndolo. La luz de la hoguera titiló en el límite del claro, oscurecido de tanto en tanto por las sombras sin forma de los bailarines, guiados por su padre.

Las maracas se agitaron y una nueva ronda de cánticos se elevó al cielo estrellado mientras cada sílaba alzaba el vuelo y revoloteaba en la oscuridad como el graznido de los pájaros nocturnos.

Como Avá-Tapé, casi toda la tribu se agrupaba alrededor del fuego para mirar a los hombres con tocados, brazaletes y tobilleras de plumas danzando como si fueran uno solo. Sus movimientos seguían un ritmo que daba sentido a las fuerzas ocultas entre los latidos del tiempo.

La cara redonda de Avá-Tapé le hacía parecer más joven que sus dieciséis cosechas, pero a sus oscuros ojos almendrados no se les escapaba nada. Se sentaba recto y alerta, con sus largos brazos y piernas cruzados, preparado para entrar de un salto en la danza con los demás.

Mientras contemplaba como se desarrollaba el acontecimiento, Avá-Tapé meditaba sobre lo que su padre le había enseñado.

Caos.

Orden.

Destrucción.

Reflexiones que mantenían el temor a las personas blancas, aunque formasen parte del día a día del mundo de su padre. Suspiró al recordar lo importante que se había sentido ayudando a los sacerdotes cristianos a administrar sus sacramentos. Su pecho se ponía tenso cuando ambas realidades luchaban por la posesión de su corazón.

Su padre, Avá-Nembiará, se había convertido en el hombre sagrado con más poder de su pueblo por la fuerza de sus visiones. La mayor parte de la tribu lo llamaba ahora Ñanderú, “nuestro padre”. Delante de los blancos lo llamaban Paí, el único y solitario, que vive entre los hombres y los dioses. Se rumoreaba que Tupá, el hijo de los dioses, hablaba por medio de Avá-Nembiará.

Dos hombres echaron más leña al fuego, derramando un frenesí de resplandecientes chispas en la noche. El compás de los cánticos se incrementó y los bailarines aceleraron la cadencia. Las llamas saltaban más alto.

La voz de Avá-Nembiará se elevó por encima de las demás, con un tono lleno de anhelo. Avá-Tapé se estremeció y observó como la danza de su padre se volvía errática, con movimientos cada vez más amplios y numerosos, hasta que Avá-Nembiará se lanzó hacia arriba con todo su ser abierto como las alas de una mariposa abrazando el cielo. Poco después, sus pasos se volvieron espasmódicos e irregulares, hasta que empezó a bailar sin seguir los pasos de los demás, con un ritmo que solo él podía oír.

Los cánticos y danzas de los demás disminuyeron hasta que Avá-Nembiará se quedó solo sujetando una maraca con plumas, balanceándose ante el fuego, con su hermoso rostro angular imperturbable y su corto cabello negro pegado a su frente sudorosa.

Una chispa de fuego iluminó las brillantes plumas de colores de su tocado, que le recordaron a Avá-Tapé a las luces sobre las cabezas de los santos cristianos de los cuadros que los blancos le habían enseñado. La luz de las llamas anaranjadas acarició el brillo sudoroso de la silueta musculada de su padre, como si le infundiese con una nueva vida. Con pautas turbulentas, el sudor resbalaba por los rasgos oscuros de Avá-Nembiará, iluminando sus brillantes ojos y su expresión cambiante.

Avá-Nembiará se agachó hasta el suelo y se inclinó hacia un lado, después se enderezó como si algo lo hubiera agarrado y empujado hacia arriba por la cabeza. Sus ojos, normalmente penetrantes, se transformaron en cavernas ilegibles que centelleaban en la fulgurante luz. Aparte del chisporroteo del fuego, el claro permanecía en silencio y en quietud. Sin viento. Sin pájaros ni aullidos de otros animales. Sin ningún ruido de la tribu atónita.

Avá-Tapé aguantó la respiración, como si esperara que el pecho de su padre fuese a estallar en llamas... hasta que Avá-Nembiará habló. Sus palabras y voz eran los de otro—. El tiempo de la destrucción ha regresado. La Tierra es vieja. Vuestra tribu ya no crece más. Vuestro mundo está abotargado con muerte y decadencia. He oído a la Tierra gritando a nuestro Padre-Creador. “Padre”, le decía, “he devorado demasiados cadáveres; estoy atiborrado y agotado; pon fin a mi sufrimiento”.

—Tupá —susurró alguien.

—La carga de vuestras culpas ha hecho que vuestras almas pesen y os retenga de vuestro vuelo mágico. Coméis los alimentos de los blancos y vivís según sus costumbres, en vez de seguir los pasos de vuestros ancestros. La carga creciente de vuestras culpas os ha traído al fin del mundo por medio de la huida de la luz. El volumen de vuestros errores pronto la bloqueará. El Sol desaparecerá y no habrá nada que podáis hacer en la Tierra. Ese será el momento del ará-kañí. Ese será vuestro último día. La última vez que veréis este mundo.

Las vueltas en espiral de las llamas del fuego acentuaban sus rasgos según hablaba. En ocasiones, sobresalía el rostro calmado de Tupá y el azote de su gran dominio del lenguaje; en otras ocasiones, la tensión de una expresión excesivamente humana regresaba entre palabras extrañas. Avá-Tapé miró a su alrededor a las caras de la gente. Algunas mostraban la misma intensidad; otras, temor; otras, preocupación. Las expresiones de los más ancianos revelaban aceptación.

—No debéis caer bajo el peso aplastante del techó-achy —continuó—. Os podéis librar del peso de vuestras culpas, aligerar vuestros cuerpos y alcanzar la perfección abandonando los alimentos y las costumbres de los blancos. Debéis viajar al lugar donde podáis danzar hasta que vuestros cuerpos se eleven por encima de la tierra y vuelen a través del gran mar primigenio hasta la Tierra sin mal.

Un murmullo creció entre la multitud.

—Ywy Mará Ey, un paraíso de abundancia y riqueza. La verdadera inmortalidad os aguarda allí. No tenéis que morir para entrar. Es un mundo real que se localiza en el lugar donde nace el sol. Solo los que creen en la danza moran allí. Para encontrar el paraíso deberéis...

El claro revivió con el suave frufrú de los hábitos aleteando como las alas de los murciélagos cuando el padre Antonio se precipitó hacia adelante blandiendo una cruz, seguido de una turba de jesuitas con sotanas negras—. ¡Yo te exorcizo, espíritu inmundo! —bramó, con sus ojos negros echando llamaradas—. ¡Enemigo invasor! En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo.

Hizo la señal de la cruz, provocando que la tribu se dispersase por la selva. Avá-Nembiará miró a los sacerdotes, con expresión aturdida y desenfocada.

—Despréndete y expúlsate de esta criatura de Dios. —Las manos del padre Antonio se movieron hábilmente cuando hizo el signo de la cruz de nuevo—. El que te lo ordena es el que dispuso que fueses arrojado desde lo más alto del Cielo a los abismos del Infierno. El que te lo ordena es el que domina el mar, el viento y las tormentas. ¡Escúchalo, por tanto, y témelo, Satán! ¡Enemigo de la fe! ¡Enemigo de la raza humana! ¡Foco de muerte! ¡Ladrón de vidas! ¡Raíz del mal y seductor de hombres!

¿Satán? La confusión se extendió por la mente de Avá-Tapé. Tupá era quien hablaba a través de su padre. ¡No Satán!

Avá-Nembiará sacudió la cabeza y observó a los jesuitas. Sus facciones se endurecieron. Se levantó, quedándose de pie delante de la hoguera, con su tocado de plumas iluminado desde atrás por las llamas. Su piel brillante coloreada en naranja como si tuviese vida propia, en contraste total con las sotanas oscuras y sin forma de los sacerdotes, que parecían engullir la luz. Su padre parecía en todo su ser el Hombre Sagrado. Avá-Tapé sintió una oleada de orgullo inundando su pecho.

Uno de los sacerdotes echó un vistazo alrededor y, con su mirada feroz, señaló a Avá-Tapé—. ¡Fuera de aquí! —gritó el hombre.

Avá-Tapé no se movió. El padre Antonio empezó a rezar en latín y a hacer movimientos elaborados alrededor de Avá-Nembiará mientras el padre Lorenzo lo rociaba con agua bendita. Avá-Tapé permanecía de pie, con las piernas temblando, queriendo correr, pero haciendo esfuerzos por quedarse.

Cuando el sacerdote empezó a caminar hacia él, Avá-Tapé corrió al lado de su padre. El padre Antonio continuaba con sus rituales y cánticos en latín mientras impulsaba la cruz hacia Avá-Tapé y su padre. Avá-Nembiará pasó su brazo alrededor de su hijo, gruñó y se abrió camino entre las sotanas negras. Los sacerdotes dejaron escapar gritos sofocados de asombro y el padre Antonio abandonó sus invocaciones.

 

Avá-Tapé caminó hacia la selva oscurecida al lado de su padre, dejando a los sacerdotes refunfuñando solos en el claro.

El jaguar, yaguar o yaguareté es un carnívoro félido de la subfamilia de los Panterinos y género Panthera. Es la única de las cuatro especies actuales de este género que se encuentra en América.

CAPÍTULO DOS

Avá-Tapé estaba recostado sobre su piel de jaguar en la oscuridad de la casa de adobe, envidiando la respiración ligera de su madre y hermana que le indicaba que dormían profundamente. Incapaz de acallar sus pensamientos, cerró los ojos y les permitió regresar al día en que había visto al padre Antonio por primera vez hacía ocho cosechas.

Después de muchos días de lluvia, aquel había amanecido cálido y tranquilo. El aire húmedo olía fresco. La mayoría de los hombres habían ido de caza, dejando atrás a los ancianos, a las mujeres, que se ocupaban de las labores agrícolas, a los niños, y a Avá-Takuá, un hombre tan sano y fuerte como su mejor cazador, pero que muy a menudo se quejaba de que estaba enfermo justo antes de una cacería. La única razón por la que los hombres lo permitían era que Avá-Takuá era un pésimo cazador, cuya voz estridente y temperamento arisco espantaban más caza que el rugido de un jaguar. Su salud siempre mejoraba cuando los demás hombres regresaban con carne fresca.

Después de haber dormido medio día, Avá-Takuá salía de su casa y ordenaba a las mujeres que le trajesen comida y bebida, mientras gritaba a los niños que se apartasen del camino de un guerrero; o les mostraba como se sentía un venado cuando un jaguar lo derribaba. Avá-Tapé se mantenía siempre lejos de él, para no dar a Avá-Takuá la oportunidad de gritarle.

Aquel día, algunos de los niños mayores decidieron que no iban a permitir que Avá-Takuá durmiese toda la mañana. Como no quería perderse la diversión, Avá-Tapé se ocultó entre los arbustos con su mejor amigo, Avá-Karaí, que era una cosecha mayor que él. Ninguno de los dos tomó parte en la travesura, pero no podían evitar observarla desde un lugar oculto.

Los niños mayores habían ido a cazar por su cuenta y atraparon a dos monos araña y cuatro guacamayos. Manteniendo sus hocicos y picos cerrados, se acercaron con cautela a la maloca de Avá-Takuá e introdujeron a los animales por la puerta. Un frenesí de alas batientes, graznidos y chillidos llenaron la casa mientras los niños se dispersaban por la selva.

Después de una cacofonía de gritos, tanto humanos como de animales, los monos huyeron precipitadamente por la puerta, seguidos de los revoloteantes pájaros y de un ceñudo Avá-Takuá, que tropezó contra la puerta mientras entrecerraba los ojos ante la luz del día. Era bajo y delgado, con el cabello levantado en crestas y cara de desconcierto. Sus ojos, que estaban demasiado juntos, se estrecharon y otearon el claro.

Avá-Takuá se frotó los ojos con los puños cerrados y frunció el ceño, parpadeando como un mono. Ningún ruido provenía de los árboles, excepto los cantos de los pájaros. Dio media vuelta hacia su choza cuando se oyó un grito.

—Tiene los ojos demasiado juntos.

Avá-Takuá se giró bruscamente, con la rabia tensando aún más sus rasgos ya airados—. ¿Quién anda ahí?

—Su cara parece la de un mono en la cabeza de un hombre —dijo otra voz por detrás de la maloca. Avá-Takuá volvió a dar la vuelta.

—Cara de Mono —dijo la primera voz.

Los hombros de Avá-Takuá se encorvaron mientras se movía de acá para allá delante de su casa como un felino enfadado—. Sé quiénes sois —vociferó, agitando los puños—. Si os pongo la mano encima, os azotaré en el culo con un látigo de piel meada.

—¡Cara de Mono! —repitió una tercera voz, uniéndose las demás al coro—. ¡Cara de Mono! ¡Cara de Mono!

Avá-Takuá regresaba enfurecido hacia su maloca hasta que se le escapó una risa sofocada a Avá-Karaí. Avá-Tapé aguantó la respiración cuando Avá-Takuá giró sobre sus talones y su mirada se dirigió directamente a su escondite.

—¡Corre! —gritó Avá-Tapé, dando un traspié y echando a correr a toda velocidad hacia los árboles. Oyó lo que le sonó como un gruñido, pero no miró atrás. Algo provocó un estrépito en los arbustos que dejaba atrás, seguido de un grito aterrorizado de su amigo Avá-Karaí.

Mirando en esa dirección, vio a Avá-Takuá arrastrando a su mejor amigo fuera de la maleza, pataleando y gritando. Mirando de nuevo hacia delante, Avá-Tapé tropezó con algo suave y negro que le hizo caer rodando al suelo.

—¡So! Frena, pequeño —dijo una voz con acento extraño.

Avá-Tapé reconoció el idioma como guaraní, pero sonaba diferente a cualquier voz que había oído hasta el momento. Miró hacia abajo, a los extraños recubrimientos de sus pies, después a la tela negra que llegaba hasta una cara tan blanca que el corazón le dio un brinco. ¡Un espíritu! Gateó hacia atrás, casi chocando contra Avá-Takuá.

—No te voy a hacer daño —dijo la voz de la tela negra, con tono pausado, que se hizo más profunda cuando se estiró y puso rectos sus anchos hombros—. Y tampoco quiero que se haga daño a nadie más.

Avá-Takuá dejó caer a Avá-Karaí y dio un paso atrás, con la boca y los ojos abiertos de par en par. Avá-Karaí huyó hacia la selva arrastrándose, buscando ponerse a salvo detrás de un árbol.

—Soy el padre Antonio y vengo a traer la paz —dijo el hombre de la tela negra, inclinando la cabeza y mostrando las palmas de sus manos—. Soy sacerdote y humilde servidor de Nuestro Señor Jesús.

Avá-Tapé se sentó, respirando profundamente para intentar ralentizar su corazón galopante. El hombre blanco tenía los ojos de color marrón claro, el pelo corto y ondulado y la nariz chata. El calor de sus ojos y la ternura de su voz disminuían la impresión de su cara blanca; pero, aún así...

—¿Quién eres y qué quieres? —gruñó Avá-Takuá—. ¿Cómo sabes nuestra lengua?

—Hay muchas personas de vuestro pueblo en esta parte del mundo —dijo el padre Antonio—, y la mayoría hablan como vosotros. —Mostró lo que parecía un pellejo grueso de animal—. He venido para compartir la Biblia con vosotros y el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, con la esperanza de que lo acogeréis a Él en vuestros corazones.

Avá-Tapé retrocedió un palmo. Recordó haber visto a los cazadores sacando el corazón a un venado y comiéndoselo. Nunca había oído hablar de una biblia, un evangelio ni tampoco de un Jesucristo, pero la idea de un hombre consiguiendo entrar en su corazón le hizo sentir aprensión. Puede que ese hombre blanco fuese un espíritu. Se tapó el pecho con la mano. No iba a permitir que ningún hombre entrase en su corazón.

Avá-Takuá retrocedió—. Esas palabras no significan nada para mí.

—Lo comprendo —dijo el padre Antonio—. Llevará tiempo. Por ahora, vengo solo en misión de buena voluntad. —Recogió un zurrón que estaba a su lado y sacó de él un puñado de cuentas de colores brillantes—. Toma esto —le ofreció, extendiendo la mano.

Avá-Takuá dejó de retroceder. Estrechó los ojos hasta casi cerrarlos—. No tengo nada para hacer trueque —dijo con prontitud.

—Son un regalo.

—¿No quieres nada a cambio?

—Solo que escuches lo que tengo que decir.

Toda una gama de expresiones cruzaron el rostro de Avá-Takuá antes de que la tentación le hiciese dar varios pasos adelante para aceptar las cuentas que le ofrecía—. ¿Solo tengo que escuchar y me darás ese regalo? —repitió la pregunta, como si no creyese lo que había oído.

El padre Antonio le guiñó un ojo a Avá-Tapé—. Y con la promesa de que dejarás tranquilos a estos pequeños.

Avá-Takuá sonrió tímidamente—. Solo era un juego. —Recogió las cuentas.

Solo un juego, pensó Avá-Tapé, abriendo los ojos en la oscuridad de la casa de adobe. Su madre y hermana seguían durmiendo profundamente. No se oía ningún ruido en el exterior. Dio media vuelta hasta quedar boca arriba, recordando los grandes ojos marrones del padre Antonio y la amabilidad que había mostrado aquel día. Eran tan diferentes a las voces crueles y a las miradas feroces de la última noche. ¿Cómo podía haber cambiado tanto todo?

Cerró los ojos de nuevo. En aquellos primeros instantes de pánico, cuando oyó aquellas terroríficas palabras, Avá-Tapé nunca pensó que abriría su corazón a Jesús; sin embargo, la paciencia del padre Antonio mientras hablaba dulcemente y la convicción detrás de sus ojos amables, lo habían tranquilizado.

El aullido remoto de un mono lo trajo de vuelta a la negrura de la casa de adobe. Quería dormir, pero su mente no se relajaba. ¿Cómo habían llegado a esto? Sus recuerdos lo llevaron a aquel lejano día cuando había estado sentado con Avá-Karaí y los demás niños formando un círculo en la casa del padre Antonio, aprendiendo a leer por el Nuevo Testamento.

—¿Cómo sabré que lo he aceptado a Él en mi corazón? —preguntó Avá-Tapé—. ¿Me lo dirá Él? ¿Me lo mostrará?

—Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres —dijo Avá-Karaí.

El padre Antonio sonrió—. ¡Muy bien, Avá-Karaí!

Avá-Tapé regañó a su amigo con la mirada cuando el sacerdote se dio la vuelta.

—Tú eres un niño especial a los ojos del Señor —dijo el padre Antonio, dando palmaditas a Avá-Tapé en la cabeza—. Si estudias la Biblia de la misma forma que Avá-Karaí, pronto lo sabrás y ya no tendrás dudas.

—¿Las palabras del libro me acercarán a Jesús?

—Así es —contestó el padre Antonio—. Y ese es el motivo por el que debéis estudiar la Biblia. Es la Palabra de Dios.

Avá-Tapé pasaba todos sus ratos libres intentando leer y entender los capítulos y los versículos, mientras vigilaba, deseaba y esperaba que Jesús entrase en su corazón. Ante todo, quería ser el primero de su pueblo en aceptar a Jesús como su Señor y su Salvador.

Las pocas veces que intentó compartir estos nuevos conocimientos con su padre, Avá-Nembiará levantó su mano y negó con la cabeza—. He oído todo esto antes. Y no me lo creo. Jesús es un dios extranjero. No es un dios de mis padres.

Ahora, después de tanto estudiar, Avá-Tapé se sentía más confuso que nunca. Había vivido media vida aprendiendo las costumbres de sus abuelos, y la otra media, las del hombre blanco. Antes de que llegasen los jesuitas, la aldea había sido pequeña. La gente no trabajaba tanto la tierra. La selva les proporcionaba todo lo que necesitaban. Los hombres cazaban y pescaban mientras que las mujeres recolectaban frutas, bayas, frutos secos y raíces. La vida era sencilla. Todas las personas vivían y trabajaban juntas, y todas compartían las mismas creencias.

Ahora unos creían unas cosas y otros, otras. El único que nunca había cambiado era su padre. Al principio, Avá-Nembiará había escuchado en silencio las historias sobre Jesús que contaba el padre Antonio. Mientras que la mayoría de la tribu abrazaba las enseñanzas del padre Antonio, Avá-Nembiará regresaba, después de pasar mucho tiempo solo en la selva, diciendo que él no creía en lo que predicaban los jesuitas. Él continuaría viviendo según las tradiciones antiguas, adorando a sus viejos dioses, aquellos que su padre y el padre de su padre habían conocido. En la actualidad, la gente había abandonado la aldea, habían construido casas de barro y habían trabajado en la construcción de una casa enorme de Dios, donde cantaban. Recordaba la burla de su padre ante la tarea.

—Idiotas —decía Avá-Nembiará—. Con qué facilidad sacrifican el único mundo que hemos conocido por un puñado de cuentas. Ahora se rompen la espalda para construir una casa para un dios que ni siquiera habla. Lo único que tendrían que hacer es ir a la selva para escuchar la voz del Creador, que está en los aullidos de los animales, en el viento que golpea los árboles y en el canto del agua. Lo único que tendrían que hacer es abrir los ojos para ver su poder en el vuelo de un pájaro y en la fuerza y velocidad de un jaguar. El Creador no vive en casas construidas por el hombre. Él está en todas las cosas que viven.

Desde el principio, Avá-Nembiará en ningún momento permaneció entre los jesuitas. Vivía en la selva de la misma forma que había hecho antes de que los blancos cambiasen su mundo. Permitía que su familia viviese en la misión solo porque el resto de la tribu se había trasladado allí. Por ahora, era un lugar seguro para ellos; sin embargo, cada vez más a menudo, hablaba del día en que su pueblo regresaría a su lugar legítimo en la selva, mientras que el padre Antonio hablaba cada vez más de los peligros de hacerlo.

—Padre —le dijo Avá-Tapé un día cuando estaba a solas con Avá-Nembiará—. ¿Estás molesto porque yo viva con mi madre en la misión?

—Yo no estoy molesto con nadie, mi pequeño hombre. Nadie nos puede decir en qué debemos creer. Cada uno de nosotros tiene que tomar su propia decisión y creer en lo que es correcto para sí mismo. Un día, cuando seas un hombre, decidirás por ti mismo. —Avá-Nembiará sonrió y acarició la cabeza de su hijo—. Anhelo el momento en que tu madre y yo podamos pasar las noches juntos de nuevo —suspiró—. Kuñá-Ywy Verá, la mujer de la tierra resplandeciente.

Avá-Tapé abrió sus ojos de nuevo en la penumbra de la casa de adobe. Ya no quería pensar en esas cosas. Cerró los ojos por última vez, dejando que las palabras de su padre le siguieran al sueño. 

 

Creía haber tomado una decisión cuando aceptó las enseñanzas del padre Antonio; sin embargo, esta última noche se le había mostrado algo muy diferente. Todavía no había elegido, pero el momento de tomar una decisión llegaría pronto.

Reseñas

«La tierra sin mal es una lectura interesante y profunda para los que deseen saber más sobre el conflicto y las verdades del pasado y presente de un pueblo que no se resiste. Los guaraníes con esta historia salen reforzados para ese futuro no exento de riesgos, pero también esperanzador. Gracias». Miren E. Palacios, escritora y poeta, autora de Escalera de Damas, Toma mi mano y Más allá del interior.

 

«Si le gustó la película La Misión de Roland Joffé, volverá a emocionarse con esta historia, contada desde el punto de vista de los guaraníes. Un pueblo ancestral y mágico a la búsqueda del paraíso perdido. Una obra que emociona y enfurece. Imprescindible». Joshua Bedwyr, autor de En un mundo azul oscuro y La mente perversa.

 

 

«!Bravo! ¡Más!». Ray Bradbury, autor de Fahrenheit 451.

 

 

«Pallamary se te zambulle en el corazón con una historia conmovedora sobre un pueblo atrapado entre los mundos, el pasado, el futuro y el posible...» David Brin, autor de El Cartero y Tiempos de Gloria.

 

 

«La Tierra Sin Mal es una gran lectura para todo aquel que busca profundidad e inspiración en su propio viaje espiritual». Harold Bloomfield, autor de Hypericum contra la depresión y Hacer las paces con los padres.

 

«Tras los primeros párrafos he corrido a buscar la banda sonora de Ennio Morricone para La Misión, una película que deja huella. Tanta como deja La Tierra sin mal al contemplar aquella historia desde el lado de los guaranís que la sufrieron. El ser humano desnudo ante la naturaleza primigenia, armado tan solo con su inteligencia y la espiritualidad pura que surge de la interacción entre ambas. Y el hombre blanco, ese intruso que llega armado con palos de fuego para destruir cuanto encuentra delante de la cruz que enarbola». Carlos Aurensanz, autor de la trilogía Banu Qasi.

 

Las cataratas del Iguazú son un conjunto de cataratas que se localizan sobre el río Iguazú, en el límite entre la provincia argentina de Misiones y el estado brasileño de Paraná.
Cataratas Iguazú

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